Punk Connections: a Transcultural Perspective Versión PDF

Hay confrontaciones a través de la cámara fotográfica que se convierten en  discurso, en imagen, que generan  balbuceos que con el paso del tiempo se pronuncian a través del texto. Al acercarme a la observación de mi propia imagen, a través de la cámara,  pude percibir cierto extrañamiento en mi forma que se insertaba a ritmo lento, y que solo con la comparación de fotografías pasadas– se establecía cierta apreciación que hablaba de un cuerpo que estaba creciendo de una manera extraña.

La inmediatez digital -que con su reposo decimal tras pulsar con pulgar derecho la opción de visualizar imagen- me hablaba de una suerte de enfermedad llamada acromegalia. ¿Esta soy yo? No recuerdo estos pómulos, esta nariz, ni estas manos engrosadas. No recuerdo este roce de vísceras y costillas mientras buscan su lugar comprimido. Rarezas de la performatividad corporal y las modulaciones genéticas que hacen del cuerpo –un cuerpo monstruo– queriendo ser capturado con cada toma. Extraño es saberse creciendo en un cuerpo que rompe cuerpo.

En el proceso de querer adjetivar y palpar aquello que estaba sucediendo se estableció un paralelismo entre la imagen y el peregrinaje médico. Quise verter, en algún lugar observable, el exceso y el sometimiento, la incredulidad del dolor articular, la mofa y el ojo que atraviesa incrédulo al exponer que algo extraño estaba pasando en ese puente intermedio llamado órganos y huesos. Acción de archivar el reconocimiento de las violencias de estos –nuestros cuerpos crónicos–, desde un lugar performativo, pictórico y textual con la dureza que da el blanco y negro. Confrontación ante la cámara para ver qué tenía que decir. El cuerpo se posó en la lente para no habitar un lugar de silenciamiento, para no asumir la indefensión como destino, parafraseando a Sayak Valencia. Las pistas –para esa doble investigación– (diagnóstico y generador de materiales), fueron trazadas primitivamente a modo de pixel.

De una manera embrionaria, el acto fotográfico solapó mi hábitat como tejido vivo. La cámara y yo nos atrevíamos a conversar de una manera escueta, pero sin miedo. El selfie todavía no había matado del todo al autorretrato, se abordaban lecturas de cómo poner el cuerpo y el archivo Perder la forma humana[1] daba cierta plasticidad al documento fotográfico cuando hablamos del cuerpo –mediante ese zoom de la carne que no supedita la imagen del yo. Todavía no había familiaridad con el “food porn”, con el “porno de inspiración” o el “porno de la decapitación” que trajo consigo el horrorismo panoptizado.

 Por aquel entonces la carne todavía conseguía cierta representación poética, recordado a Barthes y su cámara lúcida. Había pausa en cada toma, había reflexión y repetición para establecer un mapeo de la rareza. Se practicaba un diálogo íntimo con el acto de poner el trípode, medir la luz y darle forma; era un tiempo paralelo y sin redes donde pensar y comprender –cómo se relaciona el entorno con la discapacidad– habitaba otras líneas de fuga. Con el autorretrato hay ergonomía en las manos, hay tiempo congelado, hay un careo posterior en la acción de modelar el pixel. Luego es extendido y desplegado en ese mapa donde fotografías y apuntes se geolocalizan haciendo pliegues de papel en la pared hoy blanca.

Mis redes nacieron en mitad de esta práctica, había cierta inocencia en la acción de publicar. Aquella plataforma no era como la habitabilidad de bolgpost.com, allá pasaban cosas, el híbrido se movía, y entre quirófanos, viajes y consultas decodificaba a través de la imagen, pero sin llegar al texto explícito. La experimentación de la enfermedad (híbrida también), móvil, estacionaria, a días mansa, a días como –un poner el cuerpo a la intemperie- dialogaba con las fracturas para seguir siendo, sin  saber lo que era instagram, sin saber lo que era un androide. Solo el espacio, un trípode, el portátil y una tarjeta SD.

Quería ampliar esa narrativa para poder observar sin prisa las estrategias que me llevarían a la obtención de ese diagnóstico y a recuperar restos del paseo expropiado. Las imágenes creadas amortiguaban el impacto que la dejación de mi sujeto recibía en los contextos médico-sociales y político-económicos; mientras, las múltiples violencias eran vertidas en su lente-ojo. Disparar al yo una y otra vez hasta que sangre. Hacer el hueco cada vez más y más grande, dejar que seque, mirar y observar eso que se mueve. Mi cuerpo sujetaba –como un arma entre las manos– aquel disparador para efectuar la toma.

Con esta práctica que nacía desde un empuje visceral, comencé a contar a través de la imagen, sin poder/saber hablar –tras la expropiación de la palabra. No hay nada más bello que la contemplación de una imagen para atreverse a mirar sin miedo, observar lo que pasa en aquello que requiere de tiempo para engendrar el balbuceo que va adquiriendo el cuerpo en un nuevo –cuerpo estallado–. Acción de mirar para pasar al texto protésico, pero sin percatarme de que la confrontación entre clínica, teoría y realidad social sería un constante boxeo. La discapacidad es parte de la experiencia humana, pero esta no se manifiesta en cuanto a la representación de la cosmovisión normativa de las personas sin discapacidad. Aprender a reconocer las violencias, exponerlas y saber que el resultado expuesto no quiere ser interpretado por el otrx hace que reverberen enunciados que se pronuncian con la #discafobia, el #capacitismo y los múltiples #microcapacitismos que criminalizan la realidad abyecta; una problemática social silenciada, un sujeto ausente.

La carne convertida en píxel dio paso a un proyecto llamado El cuerpo expuesto[2] para  dialogar con la cámara en modo self-portrait. Experimenté la extirpación de un tumor en la hipófisis, la carga mensual de un inhibidor hormonal, la prótesis brazo, el corte de tendones, la limpieza de rodilla, la separación escapular… Entre todo aquello –el cuerpo y mi subjetividad– fueron pasando a primer plano; lo oculto jugaba en la superficie para entender esa contemplación-imagen. Al reconocer esta performatividad aprendí a dialogar/no dialogar con estructuras frágiles. Performar la identidad como presencia/ausencia me llevó por derivas corpóreas emergentes y entrelazadas para convertir lo molesto en hablado, lo monstruoso en carne dispuesta para comer. Desde este cuarto propio conectado aprendí a operar, para pasar el tiempo, para alternar la lectura con el paseo, para dialogar con el ancestro.

Performar desde el saberse visto crea una observación bilateral que no deja torcer la mirada aunque incomode y es ahí donde comienza el gesto político. Sabernos vulnerables pasa primero por desvanecernos, por sentir el impacto, que con el tiempo afianza a nuestros cuerpos en su querer mostrar –para saber dar la vuelta–. El silencio y la deserción también son lugares de resistencia que crea tejidos de palabras –balbuceos que, a través del tiempo, pueden experimentar cierta voluntad de aparición. Acción que transmuta para desenmascarar realidades no normativas que emergen de la expropiación de la palabra.

Dejar ver lo que se guarda.